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I. El Prisionero

3 de Junio, 2006, 11:00

Por @ 3 de Junio, 2006, 11:00 en Escritos
Tras abrir los ojos no reconocí el lugar en el que me encontraba. Un lento goteo golpeaba mi brazo desnudo, mojando gran parte de éste. Todo estaba oscuro. El silencio imperaba en la habitación aunque era interrumpido por el goteo y, ocasionalmente, por el ruido de ratas al pasar cerca de la pared. La humedad llegaba a todos los rincones de la pequeña habitación, pegándose debido al calor.


Poco a poco la claridad comenzó a ganar terreno a la oscuridad y comencé a percibir las primeras siluetas, las vagas formas que rodeaban el lugar. Allí, al fondo, un altar imaginario presidía una esquina, mientras que a mi lado la silueta de una bañera silenciosa me incitaba a sentarme y relajarme. En una de las paredes se podía ver la rejilla de un ventilador, que cuando se encendiera iba a crear el clima perfecto. Un paso más allá, cuando mi vista comenzó a distinguir las siluetas de la realidad, me di cuenta de que donde antes había un altar, ahora había un lavabo; en el lugar en el que estaba la bañera, había un sucio catre con una manta raida encima; y el ventilador apagado no eran más que los barrotes de mi celda.


Me puse en pie trabajosamente, apoyándome en el catre de piedra para levantarme, mientras la cabeza aún me daba vueltas. Recordé entonces mi vida, lo que yo realmente era. No era nadie, sólo un simple número: Recluso 02213F, el encargado de la limpieza de los cuartos de baño, un varón de mediana edad con pelo largo y barba sin afeitar. Era lo que todos consideran un marginado: incluso entre los prisioneros de la penitenciaría de “El Lagar”, el lugar más silencioso, sucio y descuidado del Sector Omega, yo destacaba por mi aspecto. Debía ser uno de los peores criminales que el sector había conocido en su historia porque todos me miraban mal, pese a que nadie sabía nada de mí. En aquel lugar no se compartía la información: la información se olía, se intuía de una forma instintiva.


El Sector Omega. El mundo exterior. La libertad de la vida, el momento en el que el ser humano es capaz de desarrollar sus habilidades sin los límites impuestos por cuatro paredes y dos vángeles con subfusiles último modelo. La gran colonia humana, un lugar donde habitan directores y dirigidos: masa y élite. Todo recluso de “El Lagar” ansiaba poder volver al Sector Omega. Nosotros, reclusos carentes de la memoria y la capacidad mental para recordar que delitos habíamos cometido para que se procesara nuestra inserción en el sistema penal, estabamos deseosos de entrar en la vida, de que el Ministerio de Computamientos Personales nos reasignara una nueva vida: nos otorgarían un habitat, un vehículo de transporte e incluso un trabajo con el que poder conseguir suficientes créditos como para tener una vida digna. Todos creíamos en el sistema: nos reinsertaba en la sociedad y sólo recordábamos que una vez cometimos un error y que más nos valía no volver a cometerlo. El reincidente nunca acababa bien, generalmente solía terminar con un lavado de cerebro, una sentencia a reclusión perpétua en “El Lagar” e incluso la pérdida de la vida, aunque esto sólo ocurría con los casos en los que se ha reincidido numerosas veces. El problema que teníamos los reclusos, tanto los que estábamos dentro de “El Lagar” como los que ya habían sido reinsertados en el sector, era una cuestión de ignorancia, no sabíamos cuántas veces habíamos infringido delitos, con lo que el secreto de lo que nos ocurriría si nos saltabamos las leyes estaba fuertemente guardado en la central del Ministerio de Computamientos Personales. Eramos pobres e indefensos seres privados de sus recuerdos a los que bombardeaban con propaganda sobre el paraiso que era el Sector Omega, ante la cual no podíamos sino ansiar nuestra libertad aún más.


Durante unos largos seis meses sufrí en mi celda de “El Lagar”. Nadie jamás me dirigió la palabra: en la carcel la única voz que escuchábamos era la omnisciente voz en off del Arcángel del centro de reclusión. El Arcángel nos daba los buenos días y las buenas noches, nos facilitaba información sobre el exterior y sobre la historia de los centros de reclusión. Era nuestro confidente y nuestro único amigo, así como nuestro verdugo. La grandeza de el Arcángel residía en que era la voz de los vángeles. Ellos jamás hablaban, sólo se limitaban a seguir las órdenes que el Arcángel daba. Nunca en un centro de reclusión se había visto a un vángel llorar, gemir, sonreir o mantener alguna otra expresión humana que no fuera la de un serio y profesional rictus de guardia del orden. Dos vángeles custodiaban cada celda y ni siquiera te miraban. Se limitaban a permanecer firmes y obedecer las órdenes de la voz del Arcángel. Nosotros no sabíamos nada de la vida, sólo conocíamos “El Lagar”, donde nos pasabamos meses en una celda encerrados. Todo aquel que hablaba a otro recluso era llevado a la zona de ejecución. En ocasiones un recluso se avalanzaba como loco contra las rejas de su celda, gritando de desesperación en su soledad y sufrimiento. En ese momento, la poderosa voz del Arcángel se escuchaba en todo “El Lagar” y los dos guardias se giraban, siempre de la misma forma (como si hubiera sido ensayada una y mil veces) y usaban sus subfusiles contra el recluso.


El centro de reclusión era el centro del silencio. Un lugar en el que te encontrabas rodeado de gente y en soledad al mismo tiempo. Una tortura social que recordarías el resto de tu vida. Una vez alguien entra en “El Lagar”, dicen, jamás sale siendo el mismo. Le otorgan una nueva identidad, un nuevo rostro y en su memoria no queda ni rastro de lo que fue su antigua vida: sólo la idea de que hubo algo que cometió mal y que no debería volver a repetirse. Cualquiera que asegure que es un mal sistema se equivoca, al Arcángel le gustaba alardear de una efectividad en el 90% de los reclusos, y nosotros no teníamos intención de disminuir el porcentaje.


Aquel día no tardé mucho en vestirme con las ropas de trabajo: un mono blanco de operario de la limpieza y el collarín de control, sin el cual no podía moverme por el centro de reclusión. Las zapatillas estaban limpias y relucientes, como siempre. No quería mancharlas, así que me las puse una vez hube salido de mi fangosa celda. Los vángeles seguían mirando al frente, sin apenas reparar en mi presencia, mientras yo me terminaba de ajustar la cerradura electrónica de mi calzado. Los sensores de éste se fijaron al suelo, transmitiendo la señal de mi localización exacta al Arcángel.


- Recluso 02213F, saliendo de su celda en dirección a su puesto de trabajo -proclamó en el pasillo la voz en off.


Los vángeles cerraron la puerta de mi celda y se aseguraron con una mirada que yo tomaba el pasillo correcto: el que nacía al doblar la tercera esquina por la derecha. No necesitaron mirarme dos veces para que yo entendiera que no me convenía dudar ni un instante. Así, puse rumbo al Departamento de Productos de Limpieza, que no era otra cosa sino un pequeño cuarto en el que se encontraba un carrito con los elementos necesarios para realizar una correcta limpieza de los servicios del centro.


Antes de llegar al Departamento de Productos de Limpieza un recluso, el número 03525H como bien pude comprobar al mirar el pecho de su uniforme, pasó a mi lado mirándome con cierta inquietud. Conocía esa mirada, era idéntica a la que yo lanzaba a los antiguos reclusos los primeros días de mi vida, cuando aún era un recién insertado. Número 03525H tenía el pelo rapado, cejas pobladas y un rictus serio y profundo, de aquel que en vida sabía lo que quería y como conseguirlo. Ahora estaba desorientado, asustado como tantos otros, por la vida que había perdido y por su soledad. El novato estaba a punto de lanzarse sobre mí, de preguntarme algo, pero en su interior su voluntad aún luchaba por mantener el control racional de su sistema. Finalmente, cuando pasó de largo, quedó patente que era su voluntad quién había salido victoriosa del enfrentamiento.


Continué la marcha sin detenerme, camino al Departamento y pulsé el detector de huellas dactilares con mi dedo pulgar. Tras la conveniente comprobación de mi identidad, el Arcángel me dió paso al cuarto. Allí había alrededor de ocho carros con productos de limpieza y huecos para al menos otros doce más, que seguramente estarían siendo útiles a otros reclusos. El carro número once, que era el mío, estaba en su sitio correspondiente, esperando a ser recogido. No me entretuve y lo saqué de la sala: es la forma de proceder que el Arcángel recomienda. El carro emitió un pequeño pitido y pude ver en su pantalla de información que se situaba mi primer destino: el edificio E. El complejo del centro de reclusión de “El Lagar” constaba de un total de veinte edificios, cada uno nombrado con una letra. Esa letra se te asignaba al nombre, de tal forma que en tu nombre se podía ver claramente al edificio al que pertenecías. No había salido del Edificio F, el mío, pero lo haría, ya que tenía que cruzar el pequeño jardin que separaba el F de el E.


Las puertas de mi edificio eran automáticas, se abrían con la proximidad, descubriendo la cúpula del centro, que se alzaba imponente por encima de los edificios. En aquel momento la cúpula mostraba un aspecto de transición entre el día y la tarde, conocido como el atardecer. Era una simulación muy realista, o eso decía el Arcángel. Realmente yo no había tenido tiempo de comprobarlo. El trayecto entre los dos edificios había que hacerlo cruzando un suelo pavimentado rodeado de plantas, de tonos verdes alegres y chillones, rodeados de algunas flores de otros colores aún más llamativos. Era una vegetación frondosa y se impedía el ver más allá de ella: en alguno de los dos lados debería estar el complejo central, el lugar desde donde el Arcángel nos hablaba y muy probablemente también el centro de control. No era un camino largo, unos trescientos metros, indicaba el Arcángel, así que no tardé en llegar a mi destino empujando el carro. Volví a utilizar mi identificación dactilar para entrar al Edificio E y un nuevo laberinto de pasillos me dió la bienvenida. A pesar de trabajar en los cuartos de baño, se hace imposible recordar su localización exacta, ya que cada edificio posee una gran cantidad de caóticos pasillos que contienen las celdas de todos los reclusos (quienes, en cada edificio, se cuentan por miles). Por fortuna el Arcángel se comunica conmigo a través de la pantalla de información y me muestra un plano de todo el edificio, indicándome la ruta que debo seguir para llegar a mi destino.


Tras varios minutos recorriendo pasillos, llegué a mi punto de destino donde, para mi sorpresa, no se encontraban los cuartos de baño sino la Sala de Entrevistas. En ocasiones se nos hacían pequeños controles rutinarios por sorpresa con los cuales el Arcángel podía evaluar nuestros progresos morales, ver si éramos aptos para una reinserción o no. Uno podía estar durante horas encerrado en la Sala de Entrevistas, lo cual no era algo muy agradable ya que, en éstas, éramos sometidos a intesivos interrogatorios. Muchas veces estaban cargados de eternos silencios, con los que el Arcángel nos provocaba estados como la impaciencia, el nerviosismo, o incluso el enfado.


Las órdenes del Arcángel eran claras: debía entrar a la Sala de Entrevistas y seguir las instrucciones que allí me iba a dar. Era un pequeño cuarto hermético, perfectamente higiénico, con paredes acolchadas y blancas. Las baldosas del suelo eran cristalinas, con una suave y blanca opacidad que causaba cuanto menos una leve curiosidad por saber la procedencia del material con el que estaban hechas. En el centro del pequeño cuarto se encontraba solitaria una silla plegable de plástico blanco. No había nada más en la habitación, salvo la puerta y un pequeño dispositivo del Arcángel que se elevaba sobre mi cabeza: una pequeña caja blanca con lo que parecía ser un altavoz y una cámara de seguimiento.


- Recluso 02213F, puede sentarse -dijo el Arcángel- Se procederá a realizarle una comprobación de estabilidad mental. Como bien sabe, es el deseo del Arcángel que se rehabilite en la sociedad lo antes posible.


Obedecí sin dudar, era lo que más me convenía.

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